Escribir

Somos lo que escribimos por lo que leemos

«Uno llega a ser grande por lo que lee no por lo que escribe.»

Jorge Luis Borges

 

Según el parecer de muchos, somos el resultado de los amores que tenemos, de lo que comemos, de todos los viajes que hacemos, pero sobre todo de todo aquello que leemos. Hay personas que disfrutan durmiendo, comiendo o viajando. Otras, leyendo. Leer te abre las puertas de una nueva realidad, muchas veces de un mundo de fantasía, único para cada uno de nosotros, igual que la capacidad imaginativa. Si viviéramos en un mundo sin literatura, perfectamente posible según Sartre, seríamos lo que ahora somos, no veríamos la realidad con los mismos ojos y lo más importante, no disfrutaríamos del libro o los libros que cambiaron nuestra vida. Seguro que tú también leíste un libro que cambió tu percepción de la realidad, tu pensamiento o tu vida en sí. Si no lo tienes, y eres escritor, corre a buscarlo. Porque tanto escritores como lectores, tendemos a buscarnos a nosotros mismos, a través de la lectura o a través de la escritura. Por ello, el proceso de escribir no es unidireccional, sino bidireccional: implica lectura y escritura; escritura y lectura. En otras palabras y en boca de San Agustín: “Cuando rezamos hablamos con Dios, pero cuando leemos es Dios quien habla con nosotros”. Sin embargo, los libros no solo le sirven al lector-escritor para observar la realidad con ojos diferentes, sino también para revisarla, cuestionársela y liberarse, es decir, tomar sus propias decisiones y ser poseedor de una opinión crítica.

Y la lectura no debe ser un acto forzado ni impuesto, aunque muchas veces lo sea por exigencias externas al placer por la literatura. Como dice Borges, «el verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el ‘modo imperativo’». Lo mejor que alguien puede hacer es leer un libro por cualquier razón (recomendación, intuición, tradición…), pero no porque tenga que hacerlo obligatoriamente. No importa que leas diferentes géneros y autores, tampoco de qué época sean o en qué movimiento séanse encuadren, solo importa si conectas con ellos, te aportan algo, bueno o malo, influyen un poquito o mucho en tu vida.

Un escritor que no haya leído es un escritor mucho más pobre en sensaciones, sentimientos y normalmente, en experiencias. Es un escritor que probablemente se conoce menos o con menos profundidad a sí mismo y, por lo tanto, le es más difícil trasmitir lo que siente o piensa;  le es difícil crear una «realidad paralela» sin haber sido protagonista imaginativamente de una como la que ofrece Lewis Caroll en Alicia en el país de las maravillas o la maravillosa Tierra Media de J. R. R. Tolkien. Porque leer no solo ayuda a la hora de crear nuevos mundos, innecesarios en géneros como el histórico o el ensayo, sino también a perfilar la redacción y a dar forma a nuestro estilo.

La experiencia de la lectura es y ha de ser una de las experiencias más libres, al igual que la palabra ha de ser una de nuestras mejores armas. Pues nos hace recordar situaciones o sensaciones, o incluso crear nuevas. Puede decirse que cada vez que leemos, vivimos o revivimos.

 

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