Mis verdaderos profesores de escritura por CLARA PEÑALVER

«La capacidad arrebatadora de un buen argumento, combinado con prosa de calidad es una sensación que forma parte de la formación imprescindible de todos los escritores. Nadie puede aspirar a seducir a otra persona por la fuerza de la escritura hasta no haberlo experimentado personalmente.»

Mientras escribo, Stephen King

Aún recuerdo la primera vez que me quedé atrapada entre las páginas de una novela, no como lectora, sino como proyecto de escritora. Una experiencia que, sin duda, marcó un antes y un después en mi forma de relacionarme con el mundo de las letras y, sobre todo, con los personajes de mis historias. Yo aún no había publicado mi primera novela y, dada mi escasa formación, ni siquiera tenía una idea clara de cómo sacar partido a ese nuevo mundo que Manuel Rivas me había abierto con El lápiz del carpintero. Muy pronto hará diez años de mi primera lectura, pese a carecer de la preparación necesaria para sacarle el mayor jugo posible al texto, su contenido y su historia despertaron en mí una pequeña obsesión. Al acabar la novela, anoté en la última página, con una tímida marca de grafito, la palabra locura. Yo aún no lo sabía, pero aquella palabra y las sensaciones que la historia despertó en mi interior acabarían siendo la simiente de una profunda inquietud creativa. Gracias a Rivas y a un simple lápiz portador de almas, memorias y tormentos, me hice la primera gran pregunta como futura novelista: ¿Hasta qué extremos puede llegar la mente de un personaje?

«La magia se esconde tras la lengua que hablamos. Las tramas que el individuo puede urdir y deshacer están a su disposición si tan solo éste logra prestar atención a lo que ya tiene (el lenguaje) y a la estructura de los sortilegios que le permiten crecer.»

La estructura de la magia Vol. I

(Richard Bandler y John Grinder)

 

Años más tarde, cuando tuve de nuevo entre manos la lectura de esta historia ambientada en la A Coruña de la posguerra española, pude apreciar muchas más de sus virtudes: la eficacia del texto, la originalidad del estilo, la excelente documentación o la voz del narrador, capaz de atraparme como lectora y de provocar que me plantee mil preguntas más como escritora.

Dice Stephen King que la lectura es el centro creativo de la vida del escritor y estoy de acuerdo con él. Con Haruki Murakami y su novela After dark empecé a jugar con los sentidos del lector, a moverlo por los escenarios utilizando sus ojos, sus oídos, su nariz, su piel y su boca. Chuck Palahniuk me enseñó con El club de la lucha lo importante que es encontrar la voz adecuada, tanto para los personajes como para el narrador. Mercé Rodoreda me dio una mágica lección con La plaza del diamante, convirtiendo a un personaje insulso en apariencia en una protagonista llena de fuerza, la Colometa. Ian MacEwan me demostró en Cascara de nuez que se puede escoger a un feto como narrador y obtener como resultado una novela magistral. Y la narración cargada de ingenio en Metáfisica de los tubos, de Amelie Nothomb, me recordó que aún me queda mucho, muchísimo por aprender.

Son muy numerosos los autores que me acompañan día a día y me ayudan a innovar y a definir mi propia voz como novelista y, como esos escritores me han hecho mucho bien, creo que lo mejor que puedo hacer es compartir parte de lo que he aprendido con ellos. Por eso he decidido empezar a hacer reseñas literarias por y para escritores, tanto de obras completas, como de fragmentos.

Próxima reseña: La plaza del diamante, de Mercé Rodoreda.


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