corrección tipográfica

¿MIL AÑOS DE CORRECCIÓN TIPOGRÁFICA?

Suele pensarse que la corrección tipográfica es tan antigua como la propia imprenta, aunque no es exactamente cierto. En los scriptoria medievales, donde los amanuenses, generalmente monjes, copiaban los manuscritos destinados a distribuirse por toda Europa, ya existían los correctores, que cotejaban las copias con los originales y señalaban los errores que debían corregirse. Esta labor, el cotejo de una copia o de un libro impreso con el manuscrito del que se ha partido, es uno de los fundamentos de la filología.

Ya entonces empezó a utilizarse un sistema de signos que permitía marcar de forma eficiente y clara los errores del texto. Este lenguaje gráfico se compone básicamente de dos tipos de signos: las llamadas y los signos de corrección. Las llamadas son aleatorias y se utilizan sobre la letra, palabra o frase que deseen corregirse; se repiten al margen y a su lado se añaden la letra, etc., que debe sustituir lo que se marca en el texto. Los signos de corrección, en cambio, tienen significado, e indican funciones como suprimir, separar, unir, etc. Se trata de un lenguaje universal, sencillo y con muchos años de historia.

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Principales signos de corrección

Con la aparición de la imprenta, los impresores necesitaron correctores que revisaran las páginas compuestas antes de imprimir y religar los ejemplares. Por lo general, se trataba de estudiosos o intelectuales de su tiempo, pues la tarea de corregir exigía buenos conocimientos de las lenguas clásicas. Sabemos que editores como Aldo Manuzio se rodearon de estudiosos bizantinos que se instalaron en Venecia tras huir de las guerras del imperio otomano y cuya labor consistía en corregir las ediciones griegas de la imprenta aldina, tan apreciadas en su época por su cuidadosa corrección.

Durante los más de 500 años de vida de la imprenta, y de la composición de textos, la corrección ha ido cambiando, aunque no tanto como podría pensarse teniendo en cuenta los avances tecnológicos que se han producido. Hasta finales del siglo XIX, los textos se componían a base de tipos móviles; esto es, letra a letra. El trabajo del tipógrafo al corregir las erratas que había señalado el corrector era muy laborioso, pues debía sustituir tipo a tipo (y al revés) las letras equivocadas. Con la introducción de las máquinas de composición mecánica, como la linotipia, los textos se componían línea a línea (una aleación con  plomo fundía los tipos en líneas), con lo que corregir una errata suponía rehacer una línea completa, con el riesgo evidente de que se introdujeran nuevas erratas en el proceso.

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Linotipia

Era imprescindible revisar atentamente el manuscrito, y en muchos casos los linotipistas debían solventar algunos descuidos de los textos que componían para evitar errores posteriores (la reputación de ser uno de los oficios más cultos era bien merecida). El corrector debía cotejar el texto con el manuscrito, para detectar saltos y otras lagunas en la composición. En muchas ocasiones le ayudaba un “atendedor”, que leía el texto del manuscrito en voz alta mientras el corrector leía las pruebas.

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Una galerada corregida de Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós

Es evidente que la tecnología puede condicionar cómo se corrige e incluso cómo se presentan los manuscritos, y es indiscutible que la composición digital ha permitido a las editoriales editar los textos con más rapidez y menos costes. Hace solo treinta años era impensable maquetar un libro en pocas horas, como sucede en la actualidad. También corregir es más sencillo, debido sobre todo a las herramientas que nos permiten detectar errores, hacer búsquedas, etc. Sin embargo, de la misma manera que conviven los libros en papel con los digitales, la corrección de pruebas seguirá existiendo, y continuaremos usando los signos de corrección, un legado que hemos heredado de aquellos primeros editores.

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